Traductores precarios para clientes millonarios

El título de esta entrada se inspira en el de un artículo publicado el pasado mes de octubre en eldiario.es: Traductores en la era ‘streaming’, precarios al servicio de un negocio multimillonario.

A raíz de la mala calidad de los subtítulos de algunas series de éxito, y en particular la del famoso «Juego del calamar», algunas asociaciones profesionales han expresado su descontento por el uso de la traducción automática mejorada por un humano, es decir poseditada, en los subtítulos. La Asociación de Traducción y Adaptación Audiovisual de España (ATRAE) publicó un Comunicado al respecto, y otras asociaciones se sumaron a él.

El problema no empezó en octubre de 2021, en mayo de 2020 el diario El Confidencial ya denunciaba la mala calidad de muchos subtítulos y contaba cuáles eran las condiciones de trabajo.¿Por qué hay tantos errores en los subtítulos de Netflix o HBO?. Si la precariedad de nuestro sector ha llegado a los periódicos sin que haya habido víctimas mortales (caso de los repartidores de comida a domicilio), asociaciones creadas para denunciarlas (caso de las Kellys), denuncia de una organización internacional (caso de los temporeros en algunas explotaciones agrícolas), etc. es porque ha afectado a un bien de gran consumo en nuestro país, especialmente en los tiempos pandémicos que vivimos: las series subtituladas.

Las malas condiciones de trabajo de quieres se dedican a la traducción literaria no serían noticia… la imagen del traductor ojeroso y harapiento existe desde hace mucho mucho tiempo. No entraré a detallar el problema, pero la imagen tradicional del traductor correspondía a la que se refleja en este cuadro de un escribano público en Italia, que colgaba en casa de mis padres. «Se escribe y se traduce el francés».

Esto mejoró a finales del pasado siglo, en España, con la expansión de las escuelas de traducción y la consiguiente profesionalización, y con el aumento de la demanda.

Son varios los factores que conducen a la precarización de la profesión, pero aquí me gustaría esbozar la influencia de la traducción automática y la posedición en dicha precarización, ciñéndome al ámbito comercial y de los negocios.

¿Es este un problema que afecta exclusivamente a la traducción de subtítulos?

No. La posedición, o traducción automática mejorada, va invadiendo todos los campos de la comunicación comercial y empresarial, científica, jurídica, técnica, financiera, salvándose de momento los más creativos y algunos con terminología y conceptos demasiado complejos.

¿Se ha vuelto escaso el trabajo que reciben los traductores profesionales?

No. La globalización ha creado la necesidad de contenidos multilingües casi ilimitados, de hecho, esa es la justificación de algunos para decir que la traducción no puede recaer en manos de profesionales humanos porque no habría suficientes para traducirlo todo. La demanda ha aumentado exponencialmente en los últimos 20 años.

¿El aumento de la demanda se ha traducido en un aumento de los precios por este servicio?

No. Al principio de la era Internet y la comunicación a escala mundial en un mercado globalizado, cuando explotó la demanda, mi impresión como traductora que estaba allí en el momento adecuado es que era relativamente fácil ir cambiando de clientes que pagaban poco a clientes que pagaban más; al cabo de unos pocos años era fácil tener ingresos equivalentes a los de cualquier profesional de otro sector. Por regla general, esto ha ido cambiando: lo que era una buena tarifa en el año 2000 apenas ha aumentado. Las tarifas bajas sí han subido más, pero lo estrictamente necesario para la supervivencia de la profesión.

Es cierto que llevamos desde 2008 en crisis continua, pero también es cierto que en nuestro sector la ley de la oferta y la demanda ha sido «trucada»: se demanda traducción, pero la oferta no solo es de traducción propiamente dicha, sino que se ofrece igualmente el producto de una máquina (mala calidad, pero gratis) o de una posedición (calidad regular y precio barato) que hacen las veces de una traducción.

La situación desde la óptica de muchos clientes potenciales sería la siguiente:

  • Quiero una traducción inmediata y gratuita: traducción automática (mala calidad)
  • Quiero una traducción rápida y baratita: traducción poseditada (calidad regular, ya que, si queremos la misma calidad que en una traducción humana profesional, no será ni rápida ni baratita). Pago un poco, obtengo un resultado un poco mejor, aceptable en el sentido de que se entiende lo que pone y refleja más o menos bien el contenido original, aunque se pierda fluidez, algunas frases suenen torpes y se escapen errores.
  • Quiero una traducción de calidad, que transmita el mismo mensaje que el documento original, con adaptación a la cultura y los usos del país al que va destinado la traducción, que se lea como un original y contenga la misma información, etc. : recurro a un traductor profesional. Como en realidad puedo utilizar una traducción poseditada que se entiende y cuesta baratito, estoy dispuesto a pagar un poco más por una buena. Pero solo un poco, porque si no, me quedo con la «regulinchi». Aquí falta educar a los clientes, es cierto, pero sobran empresas que intentan convencerlos de que el resultado será equivalente, cuando en muchos casos no lo es.

Es como si la posibilidad de disponer de una mala traducción gratuita y de una de calidad regular barata, nos pusiera en situación de tener que ofertar un precio solo por el tramo de calidad que va de regular a buena.

Es como si los precios de la carta de un restaurante donde se cocina solo con productos de calidad y utilizando técnicas adecuadas, tuvieran que ser más baratos porque tenemos la posibilidad de comer en un establecimiento donde solo recalientan precocinados congelados o de lata y los amañan un poco para darles aspecto de frescos (¿posedición?) o la de comer en un establecimiento de comida rápida.

Probablemente deba haber de todo en el mercado: traducción automática, posedición y traducción propiamente dicha. Cada una tiene su función, pero que no nos vendan peras por olmos, y que no se utilice esa falsa competencia para empobrecer a los profesionales.

¿Qué podría salir mal?

Muchas cosas

  • Un único error en una traducción puede costar millones de euros, incluso vidas
  • Un único error en una traducción puede echar por tierra una campaña de comunicación, de imagen, de marketing, invalidar un contrato, etc.
  • Un videojuego mal traducido puede ser imposible de jugar o simplemente perder su atractivo
  • Los errores de traducción suelen ser objeto de mofa y corren como la pólvora por las redes sociales, llegando a oídos de millones de personas en poco tiempo
  • Un texto mal escrito da mala imagen de quien lo publica o comunica por cualquier medio, sin importar en qué idioma esté.

Una traducción que se vaya a utilizar con fines de negocio o de ocio solo admite un nivel de calidad: ni mala, ni regular, solo puede ser buena, lo demás es una imprudencia.

Conclusión

La comunicación escrita se ha convertido, de nuevo, en un medio muy importante para llegar a clientes, usuarios, socios, colaboradores, etc. Nadie duda de la importancia de saber comunicar bien en la propia lengua, ya sea oralmente o por escrito. ¿Por qué habría de desaparecer esa importancia cuando se cambia de lengua? ¿Por qué a mis clientes nacionales les escribo con esmero y al resto les mando una traducción de escasa calidad?

Afortunadamente, sigue habiendo empresas que valoran la calidad y están dispuestas a pagar un precio justo por un buen trabajo, ¡ojalá el futuro vaya en esa dirección!

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